La vida turbulenta y siniestra de los Schoklender, otra vez bajo la Justicia


Tanto en cuestiones de la vida como de la muerte, la historia de los hermanos Pablo y Sergio Schoklender se asocia a las zonas del peor bajo fondo de la política. Desde el parricidio de Mauricio Schoklender y Cristina Silva Romano, que los lanzó a la hoguera pública, hasta las maniobras turbias, ya al amparo del poder político, pronto transformadas en estafas millonarias del kirchnerismo. Tiempos éstos últimos en los que los cobijó la sombra protectora de Hebe de Bonafini, una antigua luchadora de los derechos humanos, devenida en cajera, gestora de maniobras fraudulentas y escudo político de Néstor y Cristina Kirchner para congraciarlos con la izquierda más ruidosa, declamativa y rancia del arco político vernáculo.
Ahora, con la vida encima, Pablo (64) y Sergio (67), estarán otra vez frente a una cita con su destino, fluctuante entre la criminalidad embrionaria de la endogámica tragedia familiar y la posterior estafa y el robo de dineros públicos. El Tribunal Oral Federal Número 5 determinó que el próximo miércoles 11, a las 9 de la mañana, dará comienzo el juicio oral y público que investigará la presunta defraudación al Estado, en el marco del programa de viviendas “Sueños Compartidos”. De modo tal que la biografía de los hermanos Schoklender, que explotó a la luz pública hace 45 años, el 29 de mayo de 1981, siempre parece estar más próxima al determinismo del psicoanálisis que a las biografías traumáticas y las vidas contrariadas de ciudadanos que nacieron, se criaron y llegaron a la adultez perseguidos por un sesgo de criminalidad en todos los órdenes de su vida.
Los hermanos empezarán a atravesar desde la semana próxima esta nueva instancia judicial, ya lejos de la patología del entramado casero. Más bien lo harán en medio del lodazal de la corrupción política, cuadro que los involucra, entre otros, junto a Julio De Vido y Julio López (el de los bolsos con 9 millones de dólares, arrojados de madrugada en un convento), ambos presos, funcionarios clave de Néstor y Cristina Kirchner, la pareja presidencial también asociada a una saga de infortunadas malversaciones de fondos públicos. Él está muerto, pero vivía cuando dio comienzo la estafa por la ahora rinden cuenta los Schoklender; y ella guarda prisión domiciliaria.
El programa “Sueños Compartidos”, uno de los caballitos de la propaganda K para reducir el crónico déficit habitacional del país, se diseñó para construir viviendas, según lo que planearía Sergio Schoklender, en provincias y municipios afines a la tutela de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, entonces regenteada por Hebe de Bonafini, y del proyecto político gobernante. Está acreditado que entre marzo de 2008 y junio de 2011 los 748 millones de pesos girados por el Estado Nacional (unos US$ 245 millones, al cambio de entonces, estimado en $3.05), no fueron en su totalidad al destino previsto. Al menos 206 millones de pesos no figuran en las contabilidades oficiales que estaban a cargo de Sergio Schoklender. Aún es un misterio en qué costado de la ruta de la corrupción disfrazada de programa social quedaron extraviados.
Todos los testimonios judiciales de este largo período que constan en el voluminoso expediente señalan al mismo sitio: al parecer, había orden del Ministerio de Planificación Federal (Julio De Vido) de llevar adelante el programa sólo a través de la Fundación de Hebe de Bonafini. Este es el presunto delito que deberá dilucidar el Tribunal a través del sistema de videoconferencia desde la semana próxima. Los jueces tendrán una presión adicional: deberán expedirse antes de septiembre, fecha probable de que la causa se extinga o devenga en abstracta, dado que habrán pasado los 6 años de la condena máxima que les pueda corresponder a los acusados. En forma conexa quedaría por investigar una maniobra de eventual lavado de dinero.
Los hermanos Schoklender, hoy procesados por defraudación al Estado, pero en libertad, habían sido condenados a perpetua por el doble crimen de sus padres, ocurrido en el corazón del barrio de Belgrano, en la calle Tres de Febrero. Sobrevino una azarosa persecución y fugas novelescas, de ribetes espectaculares, en un raid a través de Bolivia y ya en suelo argentino, en Tucumán, Mar del Plata y otras playas de la costa atlántica, con fondos logrados por los hermanos mediante un astuto ardid que engañó a uno de los antiguos empleadores de su padre.
Luego de marchas y contramarchas de la Justicia, y de lecturas antagónicas del expediente, entre 1985 y 1986 las condenas de ambos a perpetua quedaron firmes bajo los cargos de “homicidio calificado por el vínculo y por alevosía”, entre otros considerandos. Aquello había sido tremendo. Un capítulo tenebroso y a la vez relevante de la historia del crimen en la Argentina. El proceso previo al doble asesinato que causó estupor en la sociedad, estuvo precedido de instancias dramáticas que sólo se conocerían después del hallazgo de los cadáveres del matrimonio Schoklender, cuando saldría a la luz un entramado patológico de vínculos cruzados en una familia desamorada y enferma.
El parricidio, siniestro de por sí, como cualquier otro, tuvo detalles escabrosos. Los hermanos mataron a golpes a sus padres y los ahorcaron a mano, para apurar el resto de sobrevida que conservaba; Lo hicieron con una saña impropia del vínculo. Los investigadores creen que Pablo lo había pensado todo y que logró arrastrar a Sergio esa misma noche, luego de revelarle cuestiones tormentosas de la madre en la convivencia familiar y de aspectos comerciales turbios de su padre, que algunas fuentes vincularon en un principio al almirante Massera y a la compra-venta de armamentos y logística bélica para la Marina en la dictadura. Pablo y Sergio se deshicieron de los cuerpos con una sangre fría que revela que estaban bajo absoluto control emocional de sus acciones. Sabían lo que hacían.
Cargaron los cadáveres en un Dodge Coronado (chapa patente C726713) color ladrillo y techo vinílico, automóvil de alta gama entonces, que estaba en el subsuelo del edificio en el que vivían. Dejaron el auto frente al Parque Las Heras como la primera parte del plan, que pensaban continuar horas después. La maniobra quedaría inconclusa porque unos chicos que jugaban en la zona descubrieron que un hilo de sangre salía del baúl. Les avisaron a sus padres y así el tema llegó a la Policía.
Muchos años y mucha vida después, en las salidas transitorias a partir de 1995, Sergio se contactaría con Hebe de Bonafini, jefa de un sector de las Madres, de valiente comportamiento en dictadura, quien devendría en vocera tenaz y rencorosa del pasado sangriento, una vez cooptada por el matrimonio Kirchner, que revivió en ella el duelo que quizá aún sufría por sus hijos Jorge y Raúl, militantes trotskistas desaparecidos. Ese dolor se volvió odio. Dicen que Sergio, un hábil manipulador y dador de un cariño del cual él mismo había sido privado, tejió con ella un vínculo como el de un hijo con su madre. Quizá ambos buscaban una segunda oportunidad. Quizá estarían condenados a repetir parte de la historia, con matices menos truculentos, pero igualmente desdichados. No por eso menos gravosos: en todo caso, no sólo estafarían al Estado. También arrasarían los sueños de millones de personas que buscaban el derecho a tener una “vivienda digna”, tal como les garantiza la Constitución, pero les niega la política. Hebe murió en 2022. Ya no podrá defenderse. Si bien la historia los condena desde hace décadas, los hermanos Schoklender tendrán esa posibilidad. Los jueces dirán si son merecedores de ella.
Fuente: www.clarin.com



